BARTOLO, EL NIÑO CIEGO


Bartolo es un niño, vecino mío. Simpático y amable, lo quiero mucho. Siempre está de broma, de buen humor. Es como si quisiera que todos los que le rodean y le conocen estén siempre felices a su lado. 



Bartolo es un niño ciego. Cuando tenía seis años sufrió una rara enfermedad que, en cuestión de meses, le hizo perder la visión hasta niveles casi de ceguera. No, no es ciego del todo pero como si lo fuera. Solo ve el bulto de las cosas, sin apreciar ni sus detalles ni sus límites. 

Por fortuna, Bartolo es muy inteligente y tras la aparición de la ceguera –ya va para tres años- ha sabido adaptarse bastante bien a su nueva y dura realidad. Sus otros sentidos (el oído, el olfato, el tacto...) intentan suplir a sus ojos y cada vez lo hacen mejor. Bartolo se ha convertido en el niño del colegio que tiene mejor oído para todo tipo de sonidos. También es capaz de oler aromas que ninguno de sus amigos puede olfatear ni aún queriéndolo. Así es la naturaleza humana: intenta compensar por un lado lo que se ha perdido o no se tiene por otro.

Bartolo tiene libros especiales que le han dado en la ONCE, la Organización Nacional de Ciegos. A ella se dirigieron sus padres cuando los médicos les confirmaron que la pérdida de visión de su hijo era irreversible. Gracias a esta Organización mi vecinito está superando los problemas de adaptación a su nueva manera de moverse por el mundo. Conoce a otros niños que están en sus mismas circunstancias, convive con ellos, aprende de ellos.

Gracias a cómo es, a lo que se está esforzando por superar su adversidad, a que siempre tiene una sonrisa para quien se le acerca o le atiende, Bartolo es la admiración de todo el barrio. Se ha hecho famoso, a su pesar, pero él lo lleva muy bien porque siempre le ha encantado estar rodeado de gente. Así que, cuando termina sus deberes en casa, siempre lo veréis jugando con otros niños en el parque o en la plazoleta. Eso sí, bajo la atenta mirada de sus padres. 

En el colegio todos le quieren. Jamás está solo, ni en clase ni en el recreo, donde hasta es capaz de jugar al fútbol. Sus compañeros intentan jugar lo más en silencio posible para que Bartolo escuche el sonido de la pelota, una pelota especial dotada de sonido. 

Hoy lo invité a casa a comer unos pasteles de chocolate que me salen divinamente. Yo no tengo hijos, así que para mí Bartolo es como si lo fuera. A veces, cuando le miro a los ojos apagados, los míos se cubren de lágrimas. ¿Por qué le ha tenido que tocar a él semejante desgracia? ¿No hay gente lo suficientemente mala como para merecerla antes que este chiquillo tan alegre e inteligente? Pronto se me pasa el sofoco porque no quiero que se dé cuenta de mis pensamientos ni de mis tristes emociones. Tengo que ser tan fuerte como él y, creedme, no es fácil. 

Mientras nos comíamos los pasteles (jolín, qué ricos que estaban) le pregunté:

—¿Has pensado qué quieres ser cuando seas mayor?
—¡Pero si ya soy mayor! —me respondió.
—Bueno, cuando seas un poco más mayor… —rectifiqué con una ligera sonrisa.
—Quiero ser como mi padre: policía.
—Pero –le insinué— no hay ningún policía ciego…
—Yo seré el primero…

Estoy seguro que hará todo lo posible porque se cumpla su deseo.

1 comentarios:

Graciela Martinez dijo...

Que bella historia, mi hijo es como bartolo y es igual de alegre aunque aveces es un gruñon!!!

Aun asi la gente lo adora y lo sigue tanto...

Gracias a dios por mi bartolo <3

Publicar un comentario