OCURRIÓ, POCO MÁS O menos, hace dos meses. Se me olvidó entonces hacer una señal en el calendario, por eso hoy no puedo recordar el día exacto. Yo estaba asomado a la ventana de mi habitación porque me había cansado de estudiar. Debía aprenderme tres temas enteros de lenguaje para un examen que tenía al día siguiente: el séptimo, el octavo y el noveno. Eran tres temas aburridísimos. Se lo dije a mi madre cuando me trajo la merienda.
—¡Son un rollo!
—Siempre dices lo mismo —me replicó ella.
—Pero esta vez es verdad. Tú misma puedes verlo si quieres —y le tendí el libro para que pudiese comprobar que era cierto lo que decía.
—Tengo mucho que hacer —me contestó mi madre—. Además, el que se va a examinar mañana eres tú.
—¡Eso ya lo sé! Pero me consolaría un poco saber que, al menos, reconoces que son un rollo.
Mi madre se echó a reír, como si mis palabras le hubiesen hecho gracia; luego movió la cabeza y añadió:
—Para ti todo lo relacionado con el colegio es un rollo.
—Todo no. Hay algunas cosas que...
—pero mi madre no me dejó terminar.
—Cómete el bocadillo y a estudiar.
Cogí el bocadillo y lo miré desolado. Cuando iba a volver a protestar, mi madre ya había salido de la habitación. No obstante, grité:
—¡No me gusta el jamón serrano!